Despierta muy temprano, revisa por encima la lista de cosas que hacer, la elabora todas las noches antes de dormir, la escribe solo por si acaso, pero la memoria no le falla.
Ligera, se levanta de la cama, calza sus sandalias siempre de tacón, su andar se escucha por toda la estancia. Lava sus dientes y cepilla su pelo, se da un vistazo en el espejo, pero prefiere no ver las arrugas, reconoce su edad, solo cuando hace la cuenta.
Se dirige a la cocina y mientras prepara su desayuno, va organizando las cosas de la comida. Todos los días desayuna lo mismo: papaya y plátano con miel de abeja, zumo de naranja, media bomba tostada con nata y un arcoíris de píldoras.
Se para de la mesa, da una recogida ligera, se baña y arregla, es esbelta, elegante y vanidosa. Es hora de comenzar a poner palomitas a la lista, lo primero que hace es llamar por teléfono a su hija y con eso, se deshace de la mitad de la lista. Satisfecha, toma el bolso, las llaves y sale caminando por la calle.
Va a la mercería a comprar estambre para tejer el tiempo, después visita al zapatero que le extendió la vida a sus zapatos viejos, recuerda pasar con el joyero que desde hace días le dejo los aretes que va a lucir en el próximo concierto. A su paso se encuentra un árbol de guayaba, lo sacude un poco, recoge los frutos y los guarda en el bolso. Al pasar por la panadería, el aroma del pan recién horneado, le recuerda reponer las bombas. Saliendo de ahí se topa con otro árbol de guayaba, no se resiste y recoge más frutos. Sopesa el bolso, pues aun tiene que pasar al mercado. Ya en el mercado, comprueba los pesos que se ahorró con su cosecha y sonríe para ella. De regreso, un tercer árbol de guayaba; en su sombra, los pichos se dan un festín de guayabas. Brevemente los disfruta y apura su paso.
Llegando a casa pesa y lava las guayabas, las muele en la licuadora con un poco de agua, cuela y vierte la pulpa en una cacerola, le agrega de azúcar un veinte por ciento menos de lo que pesa la pasta, prende la lumbre de la estufa y en un par de horas hierve el aroma de la mermelada. Huele al recuerdo de mi madre, la mermelada de guayaba.

4 comentarios:
Un relato con memoria y sabor a guayaba. Nada como incorporar los sentidos al texto.
A mi parecer, los sentidos son el medio de contacto con la vida.
Excelente...
Gracias Victor, saludos.
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